Investigadores de la UAEH destacan que la investigación sobre las libélulas revela la calidad del agua y el equilibrio ecológico local
El estudio de las libélulas y los caballitos del diablo se ha convertido en una herramienta clave para comprender la biodiversidad y evaluar la salud de los ecosistemas acuáticos, explicaron especialistas de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
Las libélulas no solo forman parte del paisaje natural, sino que funcionan como verdaderos indicadores biológicos de la calidad del agua y del equilibrio ecológico.

Ana Paola Martínez Falcón, profesora investigadora del Área Académica de Biología, y Josué Dolores Silva Hurtado, alumno del Doctorado en Ciencias en Biodiversidad y Conservación, señalaron que los odonatos —grupo al que pertenecen libélulas y caballitos del diablo— habitan en una amplia variedad de ecosistemas en México, desde bosques templados hasta humedales subtropicales.
El objetivo de su trabajo es visibilizar su importancia biológica, los espacios donde se desarrollan y los retos que enfrentan ante la degradación ambiental.
Se detalla que, dentro de este grupo (odonatos) se distinguen dos grandes tipos. Las libélulas (Anisoptera) se caracterizan por su cabeza redonda, ojos grandes que ocupan gran parte de ella, alas que reposan abiertas de forma horizontal y un cuerpo generalmente robusto.

En contraste, los caballitos del diablo (Zygoptera) presentan una cabeza alargada lateralmente, ojos separados a los extremos, un cuerpo más delgado y alas delanteras y traseras de tamaño similar que se pliegan en posición vertical al descansar.
Los especialistas destacaron que estos insectos cumplen una función ecológica fundamental al ser depredadores de otros insectos y pequeños organismos, lo que los convierte en controladores naturales de plagas, como los mosquitos.
Además, su alta sensibilidad a los cambios ambientales —como la contaminación del agua o las modificaciones en el uso del suelo— los vuelve especialmente valiosos para monitorear el estado de los ecosistemas.
El análisis de sus patrones migratorios resulta esencial para comprender la dinámica de las especies y los factores que influyen en sus desplazamientos.

La presencia o ausencia de libélulas está estrechamente relacionada con la existencia de cuerpos de agua dulce limpios y hábitats bien conservados, por lo que su disminución funciona como una señal de alerta ante problemas como la contaminación, la sequía o el impacto de actividades humanas.
El trabajo de investigación desarrollado en la UAEH busca reforzar la conciencia sobre la conservación de estos insectos, subrayando que protegerlos implica también salvaguardar ríos, lagunas y humedales, elementos indispensables para la vida y el equilibrio ambiental.
En México se calcula que existen alrededor de 360 especies de libélulas; de ellas, aproximadamente 100 están cerca de la extinción. “Estamos perdiendo muchas más de lo que suponemos”, señaló Alejandro Córdoba Aguilar, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM.
De las registradas, se desconoce cuántas ya desaparecieron, en parte porque los muestreos disponibles están incompletos. Si se analizan los datos de algunos sitios en donde la información es más detallada, y que han sido muy dañados, como el sur de Veracruz, la pérdida podría ser de hasta 50 o 60% de las especies, añadió el estudioso de la ecología de los insectos.































































