El adulto que teme crecer

 Crecer no es renunciar a la alegría ni volverse rígido. Crecer es aprender a habitar lo que se elige, incluso cuando incomoda. Es entender que la madurez no mata la libertad, la ordena…”

Por: Kathya Moreno.

Hay personas que no le temen a envejecer, le temen a asentarse. Cumplen años, cambian de trabajo, se mudan, inician relaciones… pero cuando la vida pide profundidad, algo se rompe por dentro. A ese punto de fuga constante se le conoce, de forma simbólica, como síndrome de Peter Pan.

No se trata de no saber hacer cosas “de adultos”. Se trata de evitar lo que pesa: decidir, sostener, responder. Vivir ligero se vuelve una estrategia de supervivencia. Todo debe ser provisional, incluso el amor. Porque comprometerse implica aceptar que no todo será divertido, que habrá días largos y silencios incómodos.

El síndrome de Peter Pan no nace del egoísmo, nace del miedo. Miedo a equivocarse, a fracasar, a descubrir que la vida no siempre se siente como una promesa. En una cultura que idolatra la juventud y castiga el error, crecer se vuelve un riesgo demasiado alto.

Quien vive atrapado ahí suele confundir libertad con huida. Cambia de rumbo antes de que algo eche raíces. Celebra la independencia, pero se siente vacío en los momentos en que nadie está mirando. Y cuando aparece la frustración, la respuesta no es mirar hacia adentro, sino salir corriendo hacia lo nuevo.

Muchas veces, detrás de este síndrome hay infancias donde nadie sostuvo. Donde crecer fue improvisar, adaptarse, resolver sin red. Hoy, el adulto que no quiere compromisos solo está intentando no volver a caer. No es rebeldía: es cansancio antiguo.

Pero vivir sin raíces también cansa. Porque lo verdaderamente agotador no es hacerse cargo, sino no pertenecer a nada. No construir, no dejar huella, no quedarse el tiempo suficiente para que algo florezca.

Crecer no es renunciar a la alegría ni volverse rígido. Crecer es aprender a habitar lo que se elige, incluso cuando incomoda. Es entender que la madurez no mata la libertad, la ordena.

Tal vez el antídoto al síndrome de Peter Pan no sea “madurar”, sino reconciliarse con la idea de que la vida real no ocurre en la huida, sino en la permanencia. Y que quedarse, a veces, también es una forma de volar.

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