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viernes, febrero 27, 2026
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¿Qué pasó el domingo?

¿Qué pasó el domingo? Esta semana, México vivió uno de los momentos más impactantes de su historia, no sólo por lo que significa si no por la cobertura mediática, simbólica, política y perspectiva social que este hecho generó.

La detención de uno de los capos más buscados, no solo activó operativos, bloqueos y titulares. Activó algo más profundo: la psique colectiva de un país que ha aprendido a vivir entre noticias de alto impacto.

Cuando ocurre la captura de una figura criminal de esa magnitud, el efecto no es únicamente político o de seguridad; es emocional. Se mueven fibras internas que tienen que ver con miedo, esperanza, incredulidad y, en muchos casos, agotamiento.

Desde una perspectiva psicológica, estos eventos funcionan como detonantes. Reactivan memorias previas de violencia, de incertidumbre, de momentos en los que la rutina cotidiana se vio interrumpida por el caos. Aunque la mayoría de las personas no estén directamente involucradas, el cerebro no distingue del todo entre amenaza cercana y amenaza mediática. El bombardeo constante de imágenes, rumores y mensajes en redes sociales activa el sistema de alerta: cortisol elevado, pensamientos catastróficos, hipervigilancia.

Las conversaciones cambian de tono. En las familias se habla de “no salgas”, “mejor cancela”, “ten cuidado”. En los grupos de WhatsApp circulan videos sin verificar generando pánicoentre losmexicanos. La mente busca protegerse anticipando el peligro. Y cuando el evento viene acompañado de bloqueos, enfrentamientos o actos de violencia posteriores, el mensaje que se instala en el inconsciente social es claro: “nadie tiene el control absoluto”.

Pero también la detención de una figura simbólica del crimen genera una sensación momentánea de alivio. Para algunas personas representa justicia, orden, posibilidad de cambio. Para otras, genera escepticismo: “ya hemos visto esto antes”. Esa ambivalencia emocional es típica en sociedades que han vivido ciclos repetidos de violencia y captura.

Psicológicamente, estamos ante un fenómeno de trauma social acumulativo. No es un solo evento; es la suma de muchos. Cada noticia se integra a una narrativa interna que el país ha construido durante años. Y cuando la narrativa predominante es la inseguridad, cualquier suceso de alto perfil refuerza el estado de alerta.

Además, hay un impacto silencioso: la normalización. Cuando los niños escuchan hablar de bloqueos como si fueran parte del clima, cuando los jóvenes hacen memes de situaciones violentas para procesar el miedo, estamos frente a mecanismos de defensa colectivos. El humor, la negación y la minimización son estrategias psicológicas para no colapsar emocionalmente.

Sin embargo, también existe resiliencia colectiva. Las comunidades siguen trabajando, abren sus negocios al día siguiente, llevan a los hijos a la escuela. Esa capacidad de continuar no significa indiferencia; significa adaptación.

La percepción de seguridad es tan importante como la seguridad misma. Si la ciudadanía percibe que los eventos derivan en más violencia, el impacto emocional será de incertidumbre. Si percibe contención, coordinación y claridad, puede generarse una narrativa distinta: la de un Estado que actúa.

Más allá de nombres y titulares, lo que está en juego es la salud mental colectiva. Y esa se construye no solo con operativos, sino con mensajes claros, información responsable y, sobre todo, con la sensación compartida de que el futuro puede ser menos amenazante que el pasado.