El safari en Sudáfrica es explorar el propio mundo en un submundo de adrenalina, naturaleza y paz
Por: Luis Felipe Hernández Beltrán
Soñar con ir a un safari puede reflejar un deseo de aventura, de explorar nuevos horizontes o de vivir una experiencia transformadora.
Cae la tarde en East London y el sol se asoma a todo lo que da. Se percibe el calor fuerte, de esos que cala la piel y de inmediato la ropa se pega al cuerpo. Esto es solo un previo a lo que espera.
Inkwenkwezi Private Gane Reserve, qué significa «Bajo las estrellas» en lengua xhoza, se ubica en Cabo Oriental, Sudáfrica, en el mero corazón de la Costa Salvaje, vecino del Océano Índico.
Sus más de cuatro mil hectáreas albergan toda una auténtica comunidad salvaje dispuesta a convivir, a cierta distancia, con los seres humanos.
Algunas horas de adrenalina nos esperan… Nos subimos a un vehículo todo terreno, de esos que sortean territorios lodosos, zonas pantanosas, pendientes prolongadas y que podría convertirse en la única fortaleza que nos resguarde de la agresividad natural de un animal.
Las cebras son las primeras que nos dan la bienvenida, aparentan tranquilidad, pero los estudiosos saben que su instinto de huida las hace difíciles de controlar.
Más adelante, una familia de rinocerontes aguarda aparentemente dormida, se sabe que su naturaleza los hace reaccionar a ruidos y movimientos repentinos.
A lo lejos los antílopes. En esta ocasión nos permiten apreciarlos pastando, comiendo, la vitamina necesaria para su característica agilidad que les permite alcanzar velocidades sorprendentes.
Más adelante, el rey: el león. Aunque distanciados del resto de la fauna, estos feroces animales, emblema principal de toda aventura «safariesca«. Tenemos la suerte de encontrar a una leina dormida, y aunque a metros de distancia, discretamente nos observa con esa mirada imponente, corremos el riesgo de que despierte totalmente y salga al acecho pero no es así. Nos da esa oportunidad. Cadáveres y restos óseos de otros animales son un complemento, aunque tétrico, de la fieresa de estas respetadas mejestades.
Finalmente, lo más tierno de todo: una familia de jirafas, una mamá que cuida cautelosa a su bebé, de apenas unos días de nacida. Y de ahí, un atractivo que, lamentablemente, no pudimos ver: una de las únicas dos jirafas blancas que hay en el mundo se encuentra en Inkwenkwezi.
Nuevamente, sorteando el tramposo terreno, regresamos al punto de partida. La odisea no termina ahí. Al día siguiente un paseo en cuatrimoto por el mismo lugar. Ahora se aprecia la sabana entera desde la parte mas a alta de una montaña. Llegamos a un cuarto de hotel, tipo glamping, para aquellos que gustan de la aventura completa: dormir aislado, en medio de la naturaleza, con la suerte de ser «vigilado» o hasta acompañado con su debida distancia por algún animal.
En definitiva, la aventura no es un destino, es un estado mental, una búsqueda constante de superación que nos define como exploradores en nuestro propio mundo. Y para muestra de ello, este safari en Inkwenkwezi.



































































