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jueves, marzo 19, 2026
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Cartas de marzo. Querida María Luis Puga

Elvira Hernandez Carballido

Bellas y Airosas

Cartas de marzo. Querida María Luis Puga:

“Así empezó toda esta historia. Y acabé con los gestos, los guiños, los tonos que son de los que me cuelgo. Ahora tengo ante mí el peligro que consiste en estructurarlos de manera que se ordenen en mí armónicamente, y eso sólo puedo hacerlo a diario, minuto a minuto. Voy a tener que decirme el día paso a paso, poquito a poco de manera que pueda ordenarlo con palabras mías. No es gran cosa; sólo la diferencia entre vivir con pánico o enfrentar el peligro.”

Fue con la voz de Susana, con tu novela Pánico o peligro, que me atrapaste y me volviste adicta a tus libros.

En efecto, desde la primera vez que la leí, en 1988, hasta la fecha, sigue siendo mi texto favorito y todavía me creo Susana, ese personaje femenino que siempre amó a sus mejores amigas, que escoge su oficinita quieta y chica. Que le gusta ver al hombre que ama despeinarse con sus emociones. La misma siempre pasmada pero que atrapa su cotidianidad en cuadernos donde su letra redonda la delata.

Hoy, todavía, cuando voy a la Ciudad de México y camino por la colonia Roma busco a la Susana niña, la pequeña que vivía en el viejo edificio de Álvaro Obregón y tocaba el timbre con la punta de su lápiz para evitar un toque, la que se despedía cada mañana de su papá y sentía ese beso calientito pero rápido en su mejilla. Que se colgaba de sus amigas Lourdes, Socorro y Lola. Comparto su miedo cuando entraron a robar a su departamento y se llevaron ese radio portátil que la acompañaba por las noches. Su madre tan abnegada y tan fuerte a la vez.

Después de tantos años creo ser yo la que escribe como tú para ser leída por el hombre amado, como tanto tiempo lo hizo Susana. Esa niña mujer que presenta sus recuerdos en desorden, como la misma ciudad que la vio crecer. La misma que para sentirse amada necesitaba describirse y delatarse. La mujer enamorada que en ese acto de amor total se descubrió a sí misma para quererse bien. Que confesó su gusto por escribir porque es “una manera de recuperar la vida que una se va gastando casi sin sentir”. Susana empieza a escribir para el otro pero terminando dictando su propia historia para reconciliarse con ella misma.

Y todo esto que te comparto es lo provocaste con un solo libro y por eso me volví fiel a tu creatividad y a tu producción literaria. Cada página era un espejo, cada palabra revelaba mis sentimientos y cada situación se identificaba con algo que yo había vivido. Desde ese primer día que te descubrí, enero de 1988, fui leal a cada texto firmado por ti.

Puedo tomar al azar cualquier libro y me vuelves a conmover profundamente. Así, en tu primera novela “Las posibilidades del odio”, África ya no resultó un continente lejano y el sometimiento de su pueblo, la discriminación que viven sus mujeres, así como la recuperación de la identidad destacan en las historias compartidas por ti.

Los cuentos que conforman “Accidentes” conmueven con profunda compasión. Sin duda, “Joven madre” es impactante, no hay vez que al leerlo termine llorando con solidaria amargura. Lo escribiste basándote en la noticia de un periódico, “una joven madre que sufría de depresión posnatal, saltó por la ventana del cuarto piso de un hospital de entrenamiento en Londres, con su bebé de tres días. La bebita murió; la madre, malherida, vive”. Esta tragedia, lograste convertirla en una confesión desgarradora, le da voz a esa mujer y a sus miedos y a su amor y a sus pavores y la forma que se sentía atrapada en ella misma, en lo que se esperaba de ella y en lo que no podía ser, aunque su “destino natural” se lo dictara como una orden que no podía cumplir.

En “La reina” recreas la vida de la más bonita, esa niña que no podía correr con las demás porque se le caía la corona, aunque también quería sentir el viento en contra al retarlo en su carrera siempre prohibida. “Antonia” es otra novela memorable, donde nos permites palpar sus propias sensaciones, ya que narras la vida de dos jóvenes mexicanas que deben vivir en otro país, donde se sienten ajenas e integradas, testigos y culpables, conocidas y desconocidas. Dos amigas que enfrentar la  amenaza de la muerte convertida en mortal enfermedad.

Cada título producido por tu gran talento garantizaba la lectura más gozosa y solidaria, desde “Cuando el aire es azul”, “Inventar ciudades”, “Nueve madrugadas y media” o “La forma del silencio”. Mis libreros parecen parir tu obra porque siguen saliendo libros como “Intentos”, “Inmóvil sol secreto”, “La viuda”, “Las razones del lago” y “La ceremonia de iniciación”.

Tu último libro, “Diario del dolor” demostró que mi admiración por ti era justa y eterna. En esa obra relatas la manera en que conviviste con esa enfermedad que provocó tu muerte el 25 de diciembre de 2004, la artritis reumatoide. En el texto enfrentas y te rebelas contra ese dolor, lo maldices y le suplicas, se hacen amigos y enemigos, convives para reconocerte y se acompañan para solidarizarse. Es imposible evitar las lágrimas, pero al mismo tiempo llenarse de inspiración, Bien dijiste: “Comencé a escribir para desahogarme, hasta que se empezó a crear la presencia del dolor como algo que estaba siempre ahí conmigo. Me dije: Si yo estoy acorralada aquí con él, pues él igual conmigo. No se va a poder ir.”

Y mientras te escribo esta carta desde mi cuarto propio, volteo a ver la pared que está a mi lado derecho, ahí está la portada de una revista donde sales tú y que enmarqué con cariño.  La suerte de reportera primeriza me iluminó y el primer evento cultural que me tocó reportear para revista Fem, estabas tú de ponente. Te escuché con verdadera emoción. Mi corazón latía esperando acercarme. Te abracé con verdadero cariño y antes de hacer cualquier pregunta extendí esa portada para que me dieras tu autógrafo. Te dije que gracias a ti me gustaba cada vez más escribir. Solamente sonreíste. Escribiste: “Elvira, me da gusto que hayas venido esta noche. Afectuosamente, María Luisa Puga, 1988.” Y yo sigo leyéndote con sensible emoción… Siempre segura que debo enfrentar el pánico y vivir el peligro:

“Por donde quiera que yo miro, veo ojos, boca, narices. Quiero llegar a la casa y encontrarme con toda tu diferencia, tu risa, tu manera de transformarme cuando estoy contigo. Quiero el presente y no me importa vivir toda la vida con este perpetuo forcejeo con las palabras ajenas. Llego repleta de calle y te encuentro henchido de palabras, eléctrico, poseído. Me caen como avalancha y por debajo veo tu vida, veo tu cuerpo y a eso estoy atada. Me dejo estar en el ruido con tal de sentirte cerca. Pero en cuanto cierro la puerta del apartamento sé que afuera se queda afuera.”

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Elvira Hernández Carballido
Usa anteojos de armazón sirena para intentar observar la vida con mayor claridad. Adora las minifaldas y colecciona medias con las figuras llamativas. Aunque valora más sus manos, las mismas que siguen brincando con pasión e ilusión por el teclado de su computadora para compartir lo que piensa, en lo que cree y el mundo en el que le gustaría vivir. Está absolutamente convencida en la utópica posibilidad de convertirse en otro modo de ser humano y libre como dice Rosario Castellanos. Es profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Desde 2003 vive en la Bella Airosa. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la UNAM, la licenciatura, la maestría y el doctorado, todo en el campo académico de la comunicación. Periodista desde 1987. Actualmente tiene la columna Bellas y Airosas. Es comentarista del noticiario de Radio Universidad de Hidalgo y colabora en Alas Mujeres. Ha escrito diversos artículos, ensayos y libros