La diplomacia, si bien no va a solucionar un conflicto, debe usarse como mediador
Hace poco, un conocido me preguntó cómo se habla en los eventos de las embajadas sobre las guerras que actualmente sacuden al mundo.
En tiempos de guerra, la diplomacia parece un ejercicio inútil: palabras frente a balas, acuerdos frente a destrucción. Sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando su valor se vuelve más urgente y, al mismo tiempo, más difícil de sostener.
Desde la Primera Guerra Mundial, es evidente que los conflictos suelen dividir al mundo en bandos irreconciliables, mientras que la diplomacia debe convertirse en un puente, aunque a veces resulte incómodo aceptar que los países considerados enemigos también tengan voz.
La historia demuestra que ningún conflicto armado se sostiene sin negociaciones, ya sean formales o encubiertas. Incluso las guerras más brutales han terminado en mesas de diálogo donde, para bien o para mal, las naciones involucradas reconocen que la victoria absoluta es solo una ilusión.
En ese sentido, como me dijo en una entrevista hace más de diez años el hoy fallecido embajador Gonzalo Ramírez Corbalá —quien fungió como mediador en países como Chile y Cuba—: “la diplomacia no es la ausencia de conflicto, sino la gestión de sus límites”.
Uno de los principales retos de la diplomacia en tiempos de guerra es resistir la presión interna. Los gobiernos enfrentan poblaciones heridas, indignadas y necesitadas de respuestas inmediatas. Para la opinión pública, dialogar con un adversario puede percibirse como traición. Sin embargo, renunciar al diálogo puede prolongar el sufrimiento que se busca evitar.
Otro desafío clave es la desinformación. En la era digital y de la inteligencia artificial, los conflictos ya no solo se libran en el campo de batalla, sino también en las narrativas. La manipulación informativa puede bloquear negociaciones antes de que siquiera comiencen. En este contexto, la diplomacia —y también los medios— deben contribuir a reconstruir la confianza social.
Además, existen actores no diplomáticos que juegan un papel relevante en la construcción de paz, como las organizaciones internacionales, que han funcionado como mediadores alternativos. Si bien la multiplicidad de voces puede complicar los acuerdos, también abre nuevas rutas para encontrar soluciones.
No obstante, no todos los procesos de negociación son efectivos, ni todos los acuerdos garantizan una paz duradera. En ocasiones, la diplomacia se convierte en una estrategia para ganar tiempo o reorganizar fuerzas.
Por ello, en un mundo marcado por múltiples conflictos, es indispensable sostener el diálogo con base en el respeto al derecho internacional y la protección de la población civil.
La diplomacia en tiempos de guerra es, al final, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, la humanidad conserva la capacidad de dialogar, escuchar y ceder.
En este 2026, donde los conflictos internacionales se multiplican, apostar por la diplomacia no es un acto de idealismo, sino una necesidad estratégica. Porque cuando las armas callan, lo que permanece es lo que se fue capaz de decir… y de acordar.
































































