El síndrome de Ulises: el dolor del migrante

El síndrome de Ulises nos recuerda que la salud mental no puede separarse de las condiciones de vida. Y que migrar, más que un acto individual, es una experiencia profundamente psicosocial…”

Por: Kathya Moreno

Ulises —el héroe de La Odisea de Homero— pasa diez años intentando regresar a Ítaca después de la guerra de Troya. Su travesía no es solo geográfica: es emocional. Vive pérdidas constantes, enfrenta amenazas permanentes y aprende a sobrevivir lejos de todo lo que le da identidad. Cuando finalmente vuelve, no es el mismo. Esta metáfora clásica hoy nombra una experiencia psicológica profundamente actual: el síndrome de Ulises, también conocido como síndrome del estrés crónico y múltiple del migrante.

Desde la psicología, este síndrome no se entiende como un trastorno mental, sino como una respuesta adaptativa extrema ante condiciones de vida prolongadamente adversas.

Toda migración implica duelos. Pero cuando estos se presentan de manera simultánea y sin apoyo emocional suficiente, el psiquismo entra en un estado de sobrecarga. El migrante pierde referentes fundamentales: vínculos afectivos, lengua materna, estatus social, sentido de pertenencia y, en muchos casos, la percepción de control sobre su propio futuro.

A diferencia del duelo convencional, estos duelos no se elaboran, se postergan. El contexto no permite detenerse a sentir. Por lo tanto, esto genera un estado de estrés sostenido que impacta directamente en el sistema nervioso.

Psicológicamente, el síndrome de Ulises se manifiesta a través de síntomas emocionales y somáticos: ansiedad persistente, tristeza profunda, irritabilidad, insomnio, sensación de amenaza constante, fatiga crónica, cefaleas, problemas gastrointestinales y dificultades de concentración.

No se trata de depresión mayor ni de un trastorno de ansiedad generalizada, aunque puede confundirse con ambos. La diferencia clave es el contexto: el malestar no surge de un conflicto interno, sino de condiciones externas emocionalmente insostenibles.Desde esta perspectiva, patologizar al migrante sería un error clínico y ético.

Uno de los impactos psicológicos más profundos de la migración es la fractura identitaria. El migrante deja de ser quien era —profesional, hijo, vecino, referente— y pasa a ocupar una posición social inferior o invisibilizada. Esta disonancia entre la identidad previa y la identidad impuesta genera sentimientos de vergüenza, culpa y desvalorización.

Ulises se disfraza para sobrevivir. Muchos migrantes también lo hacen: silencian su acento, esconden su historia, minimizan su dolor.

El abordaje psicológico del síndrome de Ulises requiere una mirada integral. No basta con terapia individual si el contexto sigue siendo hostil. La intervención debe incluir:

Espacios seguros de escucha, acompañamiento psicoemocional culturalmente sensible, fortalecimiento de redes comunitarias, acceso a información y derechos, validación del duelo migratorio. A veces, el primer gesto terapéutico no es interpretar, sino nombrar el cansancio.

El síndrome de Ulises nos recuerda que la salud mental no puede separarse de las condiciones de vida. Y que migrar, más que un acto individual, es una experiencia profundamente psicosocial.

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