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viernes, marzo 20, 2026
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Los Sueños

Kathya Moreno

 “Hablar de los sueños, entonces, no es hablar de lo irreal. Es, en muchos sentidos, hablar de lo más auténtico: aquello que emerge cuando dejamos de controlar, cuando la mente se expresa sin filtros y cuando, en silencio, seguimos construyéndonos.”

 Dormir no es desconectarse del mundo, sino entrar en otra forma de actividad psíquica. Mientras el cuerpo descansa, la mente trabaja: organiza, procesa, simboliza. En el marco del Día Mundial del Sueño, mirar hacia los sueños desde una perspectiva psicológica no es un ejercicio poético, sino una necesidad para comprender mejor la complejidad de la mente humana.

A lo largo de la historia de la psicología, los sueños han sido interpretados como algo más que imágenes inconexas. Desde el psicoanálisis, se planteó que soñar constituye una vía privilegiada de acceso al inconsciente. Bajo esta mirada, los sueños funcionan como elaboraciones simbólicas donde se expresan deseos, conflictos y tensiones que no encuentran salida en la vida consciente. Lo que recordamos al despertar no sería más que una versión transformada —y a veces distorsionada— de contenidos más profundos.

Más adelante, otras corrientes ampliaron esta comprensión. Desde una perspectiva analítica, los sueños no solo revelan conflictos, sino que también cumplen una función reguladora: ayudan a equilibrar la vida psíquica, integrando aspectos de la personalidad que han sido ignorados o subestimados. En este sentido, soñar no es solo recordar el pasado, sino también reconfigurar el presente interno.

Con el desarrollo de la psicología cognitiva y la neurociencia, el enfoque se desplazó hacia lo funcional. Hoy se entiende que los sueños participan en procesos fundamentales como la consolidación de la memoria, la regulación emocional y la integración de experiencias. Durante el sueño, el cerebro no se apaga; al contrario, reorganiza la información, procesa vivencias intensas y establece conexiones que muchas veces no logramos construir en estado de vigilia.

Incluso se ha planteado que los sueños operan como un laboratorio mental: un espacio donde el individuo simula escenarios, enfrenta amenazas y ensaya respuestas sin riesgos reales. Esta capacidad no solo tiene un valor adaptativo, sino que evidencia la sofisticación de los procesos mentales que ocurren mientras dormimos.

Lejos de ser un fenómeno marginal, los sueños se sitúan en el centro del equilibrio psicológico. En ellos convergen emoción, memoria, identidad y aprendizaje. Ignorarlos, o reducirlos a simples curiosidades, es perder una parte importante de cómo nos pensamos y nos sentimos.

En un contexto donde dormir mal se ha vuelto una constante —atravesado por el estrés, la hiperconectividad y la sobrecarga mental—, recuperar el valor del sueño es también recuperar un espacio de salud. No se trata únicamente de cantidad de horas, sino de calidad, de profundidad, de permitir que la mente complete procesos que son indispensables para el bienestar.

Hablar de sueños, entonces, no es hablar de lo irreal. Es, en muchos sentidos, hablar de lo más auténtico: aquello que emerge cuando dejamos de controlar, cuando la mente se expresa sin filtros y cuando, en silencio, seguimos construyéndonos.

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