Tlayacapan, Morelos. Son las diez de la mañana de un sábado en el centro del municipio de Tlayacapan. La plaza pública comienza a llenarse de artesanos y turistas atraídos por el barro, la arquitectura colonial y el ambiente de este Pueblo Mágico.
Entre el ir y venir de la gente inicia la historia de una travesía que culmina en uno de los sitios arqueológicos más fascinantes —aunque menos conocidos— del estado: el Cerro del Tlatoani.
En la plaza nos encontramos con el arqueólogo Jorge Alberto Linares Ramírez, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia y parte del proyecto que desde hace más de una década estudia este sitio.
Tras un breve encuentro, nos dirigimos hacia la base del cerro. El trayecto toma cerca de 20 minutos desde el corazón de Tlayacapan.
Ahí comienza otra historia.
Una zona cuidada por la comunidad
La entrada al sitio arqueológico revela una particularidad que lo distingue de muchas otras zonas del país.
El lugar no está custodiado directamente por el INAH, sino por la comunidad agraria de Tlayacapan, cuyos comuneros resguardan el espacio, mantienen el acceso y administran la entrada.
Ellos reciben a los visitantes, orientan el recorrido y cobran el acceso al sitio, que tiene un costo aproximado de 100 pesos por persona.
Antes de comenzar el ascenso hay una pequeña zona de servicios con estacionamiento, sanitarios ecológicos y un mirador construido como parte de la infraestructura de conservación del área natural protegida.
Desde ese punto se observa parte del paisaje del Corredor Biológico Chichinautzin, una de las reservas ecológicas más importantes del centro del país.
Después de ese punto comienza el sendero.
La subida a la montaña sagrada
El camino hacia la cima del cerro no es sencillo.
No existen escalones ni senderos artificiales. La vereda se abre paso entre rocas volcánicas, pendientes pronunciadas y vegetación de montaña, obligando a subir prácticamente sobre piedra viva.
El ascenso dura aproximadamente una hora y media.
Durante el recorrido, el arqueólogo señala elementos que para un visitante podrían pasar desapercibidos: formaciones naturales utilizadas como accesos rituales, terrazas antiguas y vestigios tallados en la roca.
A medida que se avanza, las vistas del valle se vuelven cada vez más impresionantes. Desde distintos puntos del sendero se observa la sierra que rodea Tlayacapan y buena parte del paisaje montañoso de Morelos.
Tras atravesar una serie de formaciones naturales conocidas como pasillos, aparece el corazón del sitio.
Ahí se encuentra el conjunto central arquitectónico.
Un templo para los dioses de la lluvia y del inframundo
En lo alto del cerro se levanta el templo principal del sitio.
De acuerdo con Linares Ramírez, el recinto cuenta con cuatro etapas constructivas identificadas por las excavaciones arqueológicas.
Los estudios indican que el templo estaba dedicado a dos deidades fundamentales de la cosmovisión mesoamericana:
Durante las primeras temporadas de excavación realizadas en 2012 y 2013, los arqueólogos encontraron vasijas con elementos característicos de Tláloc, como anteojeras y colmillos.
También apareció un cráneo de perro acompañado de una pieza de obsidiana con forma de perro, símbolo relacionado con Xólotl, considerado el guía espiritual que acompañaba a las almas hacia el inframundo.
Dos mil años de historia en una montaña
Los estudios arqueológicos indican que el cerro tuvo ocupación humana desde aproximadamente el año 50 después de Cristo.
Las primeras manifestaciones culturales identificadas son petrograbados tallados en la roca, muchos de ellos vinculados con deidades relacionadas con el agua.
Con el paso de los siglos, el lugar evolucionó hasta convertirse en un importante centro ceremonial regional.
Durante el periodo Posclásico temprano (950-1250 d.C.), el sitio alcanzó su mayor desarrollo arquitectónico.
En ese momento se construyeron más de 70 terrazas arqueológicas, algunas de hasta 100 metros de largo y tres metros de altura.
En estas plataformas los investigadores han encontrado:
- altares
- áreas de almacenamiento
- talleres
- unidades habitacionales
Esto sugiere que el sitio tuvo ocupación permanente además de funciones ceremoniales.
El pasillo ritual entre dos mundos
Uno de los elementos más sorprendentes del recorrido aparece antes de llegar a la zona central.
Para alcanzar la cima es necesario atravesar cuatro pasillos naturales formados por el drenaje natural del cerro.
Estos corredores fueron modificados por los antiguos habitantes.
Según los arqueólogos, representaban un tránsito simbólico entre el plano terrestre y el plano celeste.
En sus paredes aún pueden observarse petrograbados con rostros humanos estilizados tallados directamente en la roca volcánica.
Un posible escenario de la Conquista
Las características de este acceso estrecho han llevado a algunos investigadores a relacionarlo con relatos históricos de la Conquista de México.
Las crónicas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Fernando Alvarado Tezozómoc describen un episodio en el que comunidades indígenas se refugiaron en un cerro desde donde arrojaban grandes piedras contra los invasores.
La descripción coincide con un acceso estrecho desde donde podían dejar caer grandes rocas.
Los españoles finalmente negociaron con los habitantes del lugar y, tras obtener acceso, el sitio fue destruido.
Tlayacapan: un pueblo alfarero desde hace dos milenios
Uno de los descubrimientos más importantes del proyecto arqueológico tiene que ver con la tradición alfarera de Tlayacapan.
En 2012 se localizó un horno prehispánico de cerámica en la parte baja del asentamiento.
El análisis por radiocarbono determinó su antigüedad: alrededor del año 50 d.C.
Posteriormente, estudios de activación electrónica analizaron los depósitos de arcilla utilizados en la antigüedad.
El resultado fue sorprendente:
son los mismos yacimientos de barro que utilizan hoy los artesanos del municipio.
La historia de una alfarera
En 2014 el equipo arqueológico realizó otro hallazgo significativo.
Durante las excavaciones apareció el entierro de una mujer acompañado por una rica ofrenda de cerámica.
El análisis antropológico reveló marcas de desgaste en los huesos compatibles con el trabajo repetitivo de bruñido de cerámica.
La hipótesis fue clara: probablemente se trataba de una alfarera.
Los investigadores compararon estas huellas con las de artesanas actuales del pueblo.
Las coincidencias fueron sorprendentes.
Todo apunta a que la tradición alfarera de Tlayacapan tiene más de dos mil años de continuidad cultural.
Un sitio clave para la historia de Morelos
Para Linares Ramírez, el Cerro del Tlatoani es fundamental para comprender la historia del estado.
Se trata del único asentamiento estudiado hasta ahora correspondiente al periodo Posclásico temprano en esta región de Morelos.
Pero su importancia va más allá de la arqueología.
El sitio revela la capacidad de organización social de comunidades agroartesanales que vivían fuera de los grandes centros políticos mesoamericanos.
Una invitación a subir el cerro
Hoy el Cerro del Tlatoani puede visitarse los fines de semana y días festivos.
Su acceso es administrado por la comunidad de Tlayacapan, que mantiene vivo este espacio histórico.
Subir el cerro no es solo una caminata.
Es un viaje de dos mil años hacia el origen de una comunidad que todavía hoy moldea el barro con las mismas manos que sus antepasados.
Y también la oportunidad de descubrir que, en lo alto de una montaña morelense, la historia sigue viva.






























































