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viernes, julio 17, 2026
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No fue amor, fue costumbre

 La violencia en pareja rara vez aparece de golpe. Casi nunca comienza con un golpe. Empieza con pequeñas invasiones: celos disfrazados de amor, críticas disfrazadas de preocupación, control disfrazado de cuidado. Y como son pequeñas, muchas veces las minimizamos. Nos convencemos de que exageramos, de que todas las parejas pasan por eso, de que el amor implica aguantar ciertas cosas.


Por:
Kathya Moreno

 

Hay una frase que escucho con frecuencia en consulta: “Pensé que no volvería a pasar”.

 

La primera vez que alguien revisa tu teléfono sin permiso. La primera vez que te exige compartir tu ubicación. La primera vez que te dice cómo debes vestirte. La primera vez que levanta la voz, te humilla o te hace sentir culpable por algo que no hiciste. Casi siempre hay una explicación: tuvo un mal día, me quiere demasiado, fue un momento de enojo. Y entonces lo dejamos pasar.

 

Cuando una conducta que nos lastima no encuentra un límite claro, el mensaje que recibe la otra persona es simple: “esto es posible”. No significa que la víctima sea responsable de la violencia; la responsabilidad siempre recae en quien agrede. Pero sí significa que las relaciones se construyen a partir de lo que permitimos, toleramos y normalizamos. Lo que hoy parece un detalle incómodo puede convertirse mañana en una forma de control.

 

La violencia en pareja rara vez aparece de golpe. Casi nunca comienza con un golpe. Empieza con pequeñas invasiones: celos disfrazados de amor, críticas disfrazadas de preocupación, control disfrazado de cuidado. Y como son pequeñas, muchas veces las minimizamos. Nos convencemos de que exageramos, de que todas las parejas pasan por eso, de que el amor implica aguantar ciertas cosas.

 

También existe otra pregunta incómoda: ¿por qué, aun después de sufrir, algunas personas vuelven a elegir relaciones parecidas? La respuesta no es sencilla, pero la psicología ha mostrado que tendemos a repetir lo que nos resulta familiar. A veces buscamos, sin darnos cuenta, personas que activan las mismas emociones que vivimos en nuestra historia temprana: miedo al abandono, necesidad de aprobación, sensación de no ser suficientes o la idea de que debemos ganarnos el amor.

 

No elegimos parejas únicamente por lo que pensamos; muchas veces las elegimos por lo que aprendimos a sentir. Y lo familiar, aunque sea doloroso, puede parecernos más seguro que lo desconocido.

 

Por eso hay personas que cambian de pareja, pero no de historia. Cambian el nombre, el rostro y la edad de la persona, pero el patrón se repite: control, celos, manipulación, dependencia emocional. El problema no siempre es “mala suerte”; a veces es una herida que sigue buscando resolverse en el lugar equivocado.

 

La primera vez que algo te hiere en una relación es una señal. Escuchar esa señal puede ser incómodo, pero ignorarla suele ser mucho más doloroso. Porque las relaciones sanas no se construyen sobre el miedo a perder al otro, sino sobre el respeto que nos impide perdernos a nosotros mismos.

 

 

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