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lunes, mayo 25, 2026
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Festivales del Bosque: concientización histórica y medioambiental

Rutas y Ritos, Turismo libre, Diplomacia viva

Aquifera, además de crear una sensibilización, remontó a los verdaderos orígenes prehispánicos del Bosque de Chapultepec

No cabe duda que los Festivales del Bosque, iniciativa que desde el año 2022 han implementado tanto la dirección del Bosque de Chapultepec como el Fideicomiso Pro Bosque de Chapultepec y la Secretaría de Medio Ambiente del Gobierno de la Ciudad de México con el apoyo de la Fundación Coppel, se han convertido en un referente y en una opción más para disfrutar de la capital del país en la Semana Santa.

“El festival se hace cada año con una temática medioambiental distinta. Lo que lo hace especial es la divulgación científica. Es un festival cultural pero el objetivo principal es que la gente aprenda sobre medio ambiente, sobre hongos, sobre agua, sobre insectos y hacer del Bosque un espacio biocultural importante”, remarcó Lucía Enríquez González Sarabia, subdirectora de Proyectos del Bosque de Chapultepec, en un recorrido especial para medios de comunicación.

Pero el concepto de este año, 2026, Aqüifera, me agradó porque además de hacerle honor a la verdadera historia y origen del principal “pulmón” de la CDMX, que en aquellos remotos tiempos prehispánicos era abundante de manantiales, me hizo revivir aquellas fotografías de la época porfiriana donde las familias, parejas y hasta los solitarios paseaban en sus áreas verdes y se deleitaban de la majestuosidad de las más de cien fuentes repartidas en sus tres secciones.

La emoción al máximo de ver en su esplendor la Fuente de la Templanza, la Fuente de las Américas, la Fuente Nezahualcóyotl y la Fuente de las Ranas, íconos arquitectónicos de la Primera Sección, legado de don Porfirio Díaz y testigos mudos del iniciante siglo XX,  qué parecían haber quedado en el olvido y que han vuelto a recuperar su esencia y majestuosidad.

Ni qué decir de la Fuente Xochipilli, en la Segunda Sección, cuya fachada de pirámide azteca se mezcla con la contemporaneidad del Papalote Museo del Niño, del Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental y de Aztlán Parque Urbano.

Pero sin duda alguna, el Museo del Cárcamo de Dolores, fiel guardián de dos de las obras más representativas de Diego Rivera: el mural El Agua, Origen de la Vida, qué cuenta la historia del sistema hidráulico de la CDMX; y la Fuente de Tláloc, un auténtico espejo de agua que impresiona por la figura de la representación del Dios de la Lluvia.

Así es, el agua fue el tema de esta edición que conjuntó arte, historia y concientización medioambiental. Todo ello se complementó con la exposición fotográfica “El recuerdo del agua”, a dirigida por las curadoras Mariana Arriaga y Sofía Rivera, con 30 imágenes en la galería improvisada de la Calzada Juventud Heróica (que lleva al Altar a la Patria) que muestran la diversidad acuífera en México y su contacto directo con la gente; y la exhibición inmersiva “Aqüifera” a cargo de la agencia Demiurgo en el Pabellón Inmersivo de Aztlán Parque Urbano.

Según cifras compartidas por el Gobierno capitalino, más de dos millones de personas disfrutaron de este Festival del Bosque, pero más allá de cifras de visitantes y beneficios turísticos, queda la pregunta esencial: ¿se está promoviendo una cultura del agua o simplemente aprovechando su simbolismo como atractivo? El verdadero éxito de este festín no será el total de asistentes, sino  la huella que deja en la relación de la ciudad con su recurso más frágil.