25 C
Mexico City
viernes, abril 17, 2026
Inicio Columna Eco ansiedad

Eco ansiedad

“El cerebro humano no está diseñado para procesar amenazas globales, difusas y prolongadas en el tiempo. Necesita respuestas claras: pelear, huir o resolver. Pero frente al cambio climático, no hay una salida inmediata. Y entonces aparece la saturación emocional.”

 Hace poco conversaba con unos amigos sobre el dolor que se siente al ver la pérdida de los bosques hidalguenses ante la presencia del gusano barredor. Este tema trascendió y hablamos sobre otros hechos que envuelven y afectan a nuestros ecosistemas, fue imposible recordar un síntoma que actualmente se ha bautizado como “eco ansiedad”.

Un dolor que no nace en la historia personal, sino en titulares, imágenes y silencios incómodos. Y aunque todavía muchos la minimizan, cada vez más personas la están sintiendo. No es exageración. Es una respuesta emocional real frente a un mundo que parece descomponerse a la vista.

En México, las olas de calor se vuelven más intensas cada año, los incendios forestales avanzan con una rapidez inquietante y la crisis del agua deja de ser advertencia para convertirse en experiencia cotidiana en ciudades como Monterrey o Ciudad de México. A nivel global, los deshielos en la Antártida, los incendios en Australia o Canadá, y fenómenos extremos cada vez más frecuentes.

La ecoansiedad se manifiesta como una mezcla de angustia, impotencia y, muchas veces, culpa. Hay quienes sienten miedo constante por el futuro —no el suyo, sino el del planeta—; otros experimentan una especie de duelo anticipado por lo que podría perderse: especies, paisajes, formas de vida. También aparece la frustración: saber que el problema es enorme y sentir que cualquier acción individual es insuficiente.

El cerebro humano no está diseñado para procesar amenazas globales, difusas y prolongadas en el tiempo. Necesita respuestas claras: pelear, huir o resolver. Pero frente al cambio climático, no hay una salida inmediata. Y entonces aparece la saturación emocional.

Algunas personas lo enfrentan desconectándose: dejan de leer noticias, evitan conversaciones incómodas. Otras hacen lo contrario: se sobreinforman, se angustian más y entran en un ciclo difícil de romper. Ninguna de las dos es, por sí sola, una solución.

Lo complejo es que esta ansiedad no es irracional. No estamos imaginando el problema. Está ocurriendo. Pero tampoco podemos vivir en un estado permanente de alarma.

Aquí es donde la conversación necesita matices. Sentir ecoansiedad es sensibilidad frente a un contexto real. Sin embargo, cuando esa emoción paraliza, deja de ser útil. La clave, está en transformar la angustia en acción con sentido, aunque sea pequeña: informarse con límites, participar en iniciativas locales, cambiar hábitos sin caer en la autoexigencia extrema.

En un tiempo donde lo ambiental ya no es solo un tema de científicos o activistas, sino una experiencia emocional compartida, cuidar la mente también se vuelve una forma de cuidar el entorno… Y viceversa.

Construye la mejor versión de ti  @proyecto_b