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viernes, mayo 29, 2026
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El costo político de la incongruencia y el desgaste de la imagen pública de Morena

En imagen pública existe un principio fundamental: ninguna institución es más fuerte que la percepción que proyectan quienes la representan

 

Por: Larissa Osorio

 

Los líderes, funcionarios y figuras visibles terminan convirtiéndose en el reflejo emocional de toda una organización. Sus conductas, escándalos, excesos y contradicciones no afectan únicamente su reputación personal; contaminan la credibilidad completa de la marca política a la que pertenecen.

Eso es exactamente lo que hoy ocurre con Morena

Los recientes señalamientos contra Rubén Rocha Moya volvieron a colocar al partido en el centro de la conversación pública. Pero el caso de Sinaloa no es un hecho aislado. Se suma a una cadena de polémicas, investigaciones y crisis de percepción que poco a poco han erosionado la narrativa de la llamada “transformación”.

Morena ya no funciona únicamente como un movimiento. Hoy opera como una marca de poder.

Y como toda marca, depende de la coherencia entre lo que comunica y lo que sus integrantes representan frente a la ciudadanía.

Durante años construyeron una identidad basada en el combate a la corrupción, la austeridad republicana y la idea de ser moralmente distintos al viejo régimen. Su mayor activo político fue precisamente la percepción de autenticidad.

Sin embargo, el problema comenzó cuando la narrativa dejó de coincidir con la realidad.

Y es que en comunicación política la incongruencia siempre termina pasando factura.

Los señalamientos contra los hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador, las críticas por sus lujos, las acusaciones relacionadas con huachicol fiscal y las versiones sobre presunto financiamiento irregular de campañas han golpeado directamente la credibilidad del movimiento.

Y ahí aparece un elemento clave en percepción pública: la decepción social no nace únicamente de los errores, sino de la ruptura entre expectativa y realidad.

La ciudadanía puede tolerar equivocaciones. Lo que difícilmente perdona es la hipocresía política.

La austeridad terminó convirtiéndose, para muchos ciudadanos, en un discurso dirigido únicamente a la población, mientras algunos integrantes del oficialismo son exhibidos constantemente por estilos de vida que contrastan con la sencillez que predican.

Porque cada nuevo escándalo no llega solo. Se suma a los anteriores y fortalece una narrativa negativa colectiva.

Ahí están los casos de Rubén Rocha Moya; Rocío Nahle, cuestionada por la opacidad y los sobrecostos de Dos Bocas; Cuauhtémoc Blanco, envuelto en múltiples polémicas y señalamientos; Adán Augusto López, ligado mediáticamente a temas de seguridad en Tabasco; Ignacio Ovalle Fernández, relacionado con uno de los mayores escándalos de corrupción del sexenio; y Ana Gabriela Guevara, señalada por presuntas irregularidades administrativas.

También aparecen figuras cercanas al círculo presidencial como Andrés Manuel López Beltrán, criticado constantemente por viajes y estilos de vida que chocan con la narrativa de austeridad republicana.

Y mientras más nombres aparecen bajo sospecha, más se deteriora la percepción institucional del movimiento.

En política la imagen del líder puede proteger durante un tiempo a toda la estructura. Y eso fue justamente lo que ocurrió con Andrés Manuel López Obrador.

Su nivel de aprobación funcionó durante años como un blindaje emocional para Morena. La imagen presidencial cobijó errores, crisis, contradicciones y escándalos de muchos personajes que hoy continúan en el poder.

Pero ninguna percepción positiva es infinita.

Cuando la imagen del líder comienza a fracturarse, también lo hace el ecosistema político que dependía de ella.

Hoy Morena mantiene fuerza electoral y una base social importante, pero ya no existe aquella aprobación prácticamente absoluta de sus primeros años. La percepción pública comenzó a cambiar.

Muchos ciudadanos que votaron convencidos de una transformación auténtica hoy expresan desencanto, frustración y desgaste emocional frente a un movimiento que prometía ser distinto.

Y lo que menos ayuda es la soberbia, el egocentrismo y la desconexión con la realidad que algunos de sus cuadros exhiben públicamente.

La historia política mexicana demuestra que ningún partido permanece intacto para siempre.

El PRI tardó décadas en desgastarse frente a la ciudadanía. Morena, en apenas unos años, comenzó a experimentar un deterioro reputacional mucho más acelerado de lo que probablemente imaginaron.

Porque en política la percepción puede construir poder.

Pero también puede destruirlo.

Y cuando una marca política deja de sostenerse con congruencia, resultados y credibilidad, tarde o temprano termina colapsando frente a la opinión pública.

 

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Gracias por leerme.

Cipo. Larissa Osorio