
Este 22 de septiembre, el hemisferio norte recibe el otoño y el sur la primavera; desde la antigüedad, el equinoccio de otoño ha sido asociado con el equilibrio, los ciclos y la renovación
Este 22 de septiembre de 2026, la Tierra llega a uno de esos momentos del año que desde tiempos antiguos han despertado la curiosidad del ser humano: el equinoccio, cuando el Sol cruza el ecuador celeste y comienza el otoño en el hemisferio norte, mientras en el hemisferio sur da inicio la primavera.
En Pachuca, el equinoccio ocurrirá a las 18:05 horas, tiempo local, de acuerdo con cálculos astronómicos para 2026. El instante corresponde al mismo fenómeno que marca el cambio de estación en ambos hemisferios, aunque con efectos estacionales opuestos.
La palabra equinoccio proviene del latín aequinoctium y está relacionada con la idea de la igualdad entre el día y la noche. La tradición lexicográfica española ha conservado esta explicación desde obras antiguas, mientras que el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, publicado en 1611, forma parte de esa larga historia de reflexión sobre las palabras y su origen.
El equilibrio que anuncia un cambio
Aunque popularmente se dice que durante el equinoccio el día y la noche duran exactamente lo mismo, en la práctica no ocurre de manera idéntica en todos los lugares. La refracción atmosférica y la forma en que se define la salida y puesta del Sol hacen que la duración observable de la luz y la oscuridad no sea exactamente de 12 horas.
Más allá de esa precisión astronómica, el equinoccio ha adquirido durante siglos una poderosa dimensión simbólica. Es el punto de transición entre dos estaciones y, por ello, puede contemplarse como una imagen de equilibrio, transformación y paso de un ciclo a otro.
La observación del cielo fue una de las primeras formas mediante las cuales las sociedades antiguas organizaron el tiempo. Los movimientos aparentes del Sol, las fases de la Luna y el cambio de las estaciones permitieron establecer calendarios y reconocer ritmos que se repetían año tras año.
De esa observación surgió también una idea profundamente arraigada en numerosas culturas: el tiempo no solamente avanza, también regresa. Un ciclo concluye para dar paso a otro; la naturaleza florece, alcanza su plenitud, comienza a declinar y finalmente vuelve a comenzar.
Del cosmos a la vida humana
Desde una mirada simbólica, los solsticios y equinoccios pueden entenderse como momentos que recuerdan que todo está sujeto al movimiento. El paso del tiempo deja su huella en el espacio mediante cambios que pueden observarse en la naturaleza y que también han servido para interpretar las distintas etapas de la vida.
Bajo esta concepción, el ser humano aparece como una pequeña representación del universo: un microcosmos que participa de los ritmos del mundo que lo rodea. Así, los grandes ciclos cósmicos pueden convertirse en una metáfora de los propios ciclos humanos: nacimiento, crecimiento, plenitud, transformación y muerte.
Esta interpretación no corresponde a una explicación científica del equinoccio, sino a una tradición filosófica y simbólica presente en distintas culturas. En ella, la muerte de una etapa no necesariamente representa un final absoluto, sino la posibilidad de un nuevo comienzo.
Por eso, el otoño puede adquirir un significado que va más allá de la caída de las hojas. Es también la imagen de aquello que termina, se desprende y deja espacio para una nueva etapa. La primavera, en el hemisferio sur, expresa la idea opuesta y complementaria: el renacimiento, la expansión y el despertar de la naturaleza.
Un ciclo dentro de otro
La noción circular del tiempo propone además que los ciclos pequeños forman parte de otros mayores. El día se incorpora al ciclo de la Luna; la Luna, al de las estaciones; las estaciones, al del año, y los años, a una dimensión histórica mucho más amplia.
Desde esa perspectiva, el equinoccio de este 22 de septiembre no sería solamente una fecha marcada en el calendario, sino una oportunidad para recordar que la existencia transcurre entre movimientos constantes: comienzos y finales, crecimiento y decadencia, luz y oscuridad.
Cada otoño, en el hemisferio norte, la naturaleza parece recordarnos que todo cambia. Y cada primavera, en el hemisferio sur, que aquello que termina también puede abrir la puerta a algo nuevo.
El cielo continúa su movimiento con absoluta precisión. El ser humano, mientras tanto, sigue intentando encontrar en esos ritmos una forma de comprender su propio lugar dentro del universo.


























































