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viernes, agosto 21, 2026
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Una visa no es un golpe de Estado

La política mexicana ha conseguido convertir una visa estadounidense en asunto de soberanía, una carta a Donald Trump en manifiesto de resistencia y una discusión parlamentaria en un espectáculo de charolas.

 

Por: Héctor Guerrero.

El episodio alrededor de Andrés Manuel López Beltrán revela algo más profundo: la facilidad con la que el poder puede inflar un conflicto hasta convertirlo en una épica nacional.

Estados Unidos ha revocado visas a decenas de políticos y funcionarios mexicanos. Reuters reportó desde 2025 que al menos 50 habían perdido ese documento y Washington ha mantenido en reserva las identidades y las razones particulares de cada caso.

En ese contexto apareció Andy. El hijo del expresidente López Obrador informó el 13 de agosto que su visa había sido cancelada y decidió responder mediante una carta dirigida directamente a Donald Trump.

La carta merece ser leída con atención.

López Beltrán acusó a Marco Rubio y Christopher Landau de actuar por razones políticas y calificó la decisión como “politiquera”, “propagandística” y de estilo “hitleriano”. Preguntó a Trump si estaba enterado y llegó a plantear la destitución de los funcionarios responsables. También sostuvo que carecían de pruebas sobre alguna conducta delictiva o inmoral de su parte.
Resulta una pieza peculiar de diplomacia personal.

El destinatario de la protesta es el presidente del país que habría cometido la agresión. El reclamante deposita en ese mismo presidente la posibilidad de corregirla. La carta denuncia al gobierno estadounidense mientras solicita la intervención de su jefe. La retórica de soberanía termina buscando una respuesta en Washington.

El problema está en otro punto.

Una visa estadounidense pertenece a la jurisdicción estadounidense. Puede discutirse la legalidad, la oportunidad, la motivación política o la transparencia de la decisión. Puede exigirse una explicación diplomática. Puede reclamarse respeto entre Estados. Todo eso corresponde a una República que defiende sus intereses.

La soberanía mexicana merece una defensa mucho más seria que la utilización política de un documento migratorio.

Andy dio después un paso adicional. Llamó a organizarse ante una “inminente embestida a la soberanía nacional”. Morena asumió la defensa del dirigente y el episodio comenzó a adquirir una dimensión política mucho mayor que el hecho original.

Aquí aparece la palabra que debería obligar a todos a detenerse: golpe de Estado.

Hablar de golpe de Estado a partir de la cancelación de una visa resulta delirante.

Un golpe de Estado implica una ruptura del orden constitucional y la sustitución ilegítima del poder constituido. Es una categoría histórica y política de enorme gravedad. Su utilización exige hechos extraordinarios: conspiración para derribar al gobierno, empleo de la fuerza, intervención de estructuras armadas o mecanismos dirigidos a quebrar el orden constitucional.

Una decisión consular estadounidense puede ser hostil. Puede ser injusta. Puede responder a una estrategia de presión. Puede formar parte de una ofensiva política de Washington. Ninguna de esas hipótesis convierte por sí misma una cancelación de visa en un golpe de Estado.

Utilizar esa expresión con ligereza tiene además una consecuencia institucional particularmente grave: trivializa el concepto y coloca innecesariamente a las Fuerzas Armadas dentro de una narrativa de ruptura constitucional. México conoce demasiado bien la diferencia entre una disputa diplomática y una crisis de Estado como para permitir que el lenguaje político borre esa frontera.

Un golpe de Estado no ocurre porque Washington cierre una puerta consular.

Tampoco porque un grupo de políticos mexicanos pierda su visa.

Tampoco porque Estados Unidos ejerza instrumentos de presión sobre funcionarios mexicanos.
La reacción debe tener proporción.

Existe un dato que ayuda a recuperar esa proporción. En el recuento de las conferencias mañaneras, durante aproximadamente quince horas acumuladas de exposición presidencial, Claudia Sheinbaum ha dedicado alrededor de catorce minutos al caso de Andy. El dato resulta políticamente elocuente.

Si estuviéramos ante una amenaza inmediata contra la seguridad nacional, ante una conspiración destinada a alterar el orden constitucional o ante una operación encaminada a derribar al gobierno de México, cabría esperar una respuesta presidencial de una magnitud acorde con semejante emergencia.

La propia Presidencia establece, mediante sus actos, la jerarquía del problema.
Catorce minutos frente a quince horas sugieren otra lectura.

El gobierno puede considerar inaceptable la decisión de Washington. Puede denunciar una posible injerencia. Puede exigir información. Puede defender la dignidad del Estado mexicano. La administración presidencial, al mismo tiempo, continúa atendiendo el asunto dentro de los límites de una controversia diplomática.

La estridencia de algunos dirigentes va mucho más lejos.

Gerardo Fernández Noroña llegó a advertir a Washington que se atreva a tocar a López Obrador y sostuvo que México no necesita visas para gobernar. La frase tiene fuerza para una arenga política. Carece de utilidad para una política exterior responsable.

Después llegó Lilly Téllez con una charola a la tribuna. Retó a senadores y diputados de Morena, PT y PVEM a entregar o romper sus visas estadounidenses como prueba de solidaridad con Andy. Ningún legislador oficialista aceptó el reto. Noroña respondió que rompería la suya, aunque alegó que una lesión en la mano se lo impedía.

La escena habría resultado cómica si no estuviera relacionada con la política exterior de México.
Una charola llena de visas rotas no constituye una estrategia diplomática.

Téllez convirtió el Congreso en escenario de una provocación. Morena convirtió la cancelación de un documento migratorio en bandera de soberanía. Cada bando encontró en el otro el argumento perfecto para seguir alimentando la polarización.

La oposición tiene derecho a preguntar qué hay detrás de las cancelaciones. Tiene derecho a exigir investigaciones cuando existan elementos. Tiene derecho a cuestionar la trayectoria política de Andy y las redes de poder alrededor del apellido López Obrador.

Carece de sentido convertir una visa en prueba de culpabilidad.

Una visa revocada tampoco constituye certificado de criminalidad. La propia Embajada estadounidense ha recordado que las visas pueden ser canceladas cuando existen razones para hacerlo y que sus expedientes están protegidos por normas de confidencialidad.

La discusión seria está precisamente allí: ¿cuáles son esas razones?, ¿qué información tiene Washington?, ¿existen investigaciones?, ¿qué alcance tiene la ofensiva estadounidense?, ¿qué otros políticos mexicanos han sido afectados?, ¿qué relación guarda la medida con la estrategia de seguridad de Trump?

Esas preguntas importan.

El resto pertenece al teatro.

Andy necesita una explicación. México necesita información. Washington debe asumir las consecuencias diplomáticas de sus decisiones. El gobierno mexicano debe defender sus intereses con firmeza. La oposición debe investigar con pruebas.

Ninguna de esas obligaciones requiere imaginar un golpe de Estado.

La tragedia política aparece cuando las palabras pierden su dimensión y las instituciones terminan convertidas en escenografía. Un golpe de Estado deja de significar ruptura constitucional. Soberanía empieza a significar solidaridad partidista. Diplomacia termina reducida a cartas personales. El Congreso se transforma en una pasarela para exhibir una charola.

La República merece otra cosa.

Si Washington está utilizando las visas como mecanismo de presión política, México debe demostrarlo. Si existen investigaciones contra funcionarios mexicanos, corresponde conocerlas por las vías institucionales. Si no existen pruebas, Washington tendrá que responder por el uso político de una herramienta migratoria.

Pero mientras esas respuestas llegan, conviene conservar la cabeza fría.

Una visa puede abrir o cerrar una frontera.

Puede producir una crisis diplomática.

Puede revelar una operación política.

Puede convertirse en una señal de Washington hacia México.

Lo que una visa no puede hacer, por sí misma, es dar un golpe de Estado.

Y quien utilice semejante expresión para describirla corre el riesgo de algo todavía más grave que perder una visa: perder el sentido de las proporciones.

Tiempo al tiempo.
@hecguerrero