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viernes, agosto 21, 2026
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¿Qué es lo que siento?

  Reprimir no es lo mismo que regular. Regular una emoción significa reconocerla, comprenderla y encontrar una manera saludable de expresarla...

 

Por: Kathya Moreno.

“Estoy bien”. Dos palabras aparentemente sencillas que muchas veces utilizamos cuando, en realidad, estamos cansados, preocupados, enojados, decepcionados o simplemente no sabemos qué nos pasa.

 

Vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a funcionar incluso cuando emocionalmente no estamos bien. Aprendimos a decir “no pasa nada”, a tragarnos el enojo, a sonreír cuando queremos llorar y a continuar con nuestras actividades aunque algo dentro de nosotros esté pidiendo detenernos.

 

Pero, vale la pena preguntarnos: ¿por qué reprimimos lo que sentimos?

 

La respuesta no es simplemente que “no sabemos expresar nuestras emociones”. Muchas veces aprendimos, desde muy temprano, que sentir determinadas cosas podía tener consecuencias.

 

Un niño que escucha constantemente “no llores”, “los hombres no lloran”, “no hagas berrinche”, “no estés triste” o “no tienes motivos para estar enojado” puede comenzar a interpretar que determinadas emociones son inaceptables.

 

Entonces aprende algo muy poderoso: no solamente a controlar lo que siente, sino a esconderlo.

 

Reprimir no es lo mismo que regular. Aquí existe una diferencia psicológica importante. Regular una emoción significa reconocerla, comprenderla y encontrar una manera saludable de expresarla.

 

Reprimirla significa intentar apartarla de nuestra conciencia o impedir que se manifieste, muchas veces porque resulta incómoda, dolorosa o socialmente inaceptable.

 

Por ejemplo, sentir enojo no significa necesariamente agredir. Podemos reconocer el enojo y preguntarnos qué límite fue transgredido.

 

El problema aparece cuando creemos que para estar bien debemos dejar de sentir aquello que nos incomoda.

 

¿De dónde aprendemos a reprimir? A algunos hombres se les enseña que mostrar vulnerabilidad es signo de debilidad. A algunas mujeres se les enseña que deben ser comprensivas, pacientes y evitar el conflicto. A muchas personas se les transmite que hablar de lo que sienten es “hacer drama”.

 

Así construimos adultos que pueden identificar perfectamente cuándo tienen hambre, sueño o cansancio, pero que ante la pregunta “¿cómo te sientes?” solamente responden: “Bien”.

 

Y quizá no sea que no tengan emociones. Quizá nunca aprendieron a ponerles nombre. Lo que no expresamos también busca una salida. Una emoción no desaparece simplemente porque decidamos ignorarla.

 

Cuando constantemente evitamos reconocer lo que sentimos, podemos terminar expresándolo de otras maneras: irritabilidad, aislamiento, dificultades para dormir, tensión, conductas impulsivas o conflictos en nuestras relaciones.

 

Esto no significa que toda manifestación física o conductual sea consecuencia de una emoción reprimida. La conducta humana es mucho más compleja.

 

Pero sí podemos afirmar algo fundamental desde la psicología:ignorar sistemáticamente nuestra experiencia emocional dificulta comprender nuestras necesidades y responder adecuadamente a ellas.

 

Por eso, aprender inteligencia emocional no consiste en estar felices todo el tiempo.

 

Consiste en poder decir: “Estoy enojado”, “Esto me dolió”, “Tengo miedo”, “Estoy triste”, “Necesito ayuda”, y también: “No sé exactamente qué siento, pero algo está pasando dentro de mí”. Quizá necesitamos dejar de preguntarnos “¿por qué estoy así?” Y comenzar a preguntarnos: “¿Qué está intentando decirme lo que siento?”

 

Una emoción no es necesariamente una orden que debemos obedecer, pero sí puede ser una señal que merece ser escuchada.No tenemos que expresar todo lo que sentimos inmediatamente ni hacerlo sin considerar a los demás. Regular también implica elegir cómo, cuándo y con quién expresar aquello que nos sucede.

 

La salud emocional no consiste en eliminar las emociones incómodas. Consiste en desarrollar la capacidad de sentirlas sin que ellas tengan que gobernarnos.

 

Tal vez hemos pasado demasiado tiempo enseñándonos a ser fuertes cuando lo que necesitábamos era aprender a ser honestos con nosotros mismos.

 

Porque quizá el verdadero problema no sea sentir demasiado.Quizá sea haber aprendido que sentir era algo que debíamos esconder.

 

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