Hay una culpa silenciosa que nos persigue a los jóvenes en cada reunión familiar cuando nos comparamos con la vida de nuestros padres, bajo la ya famosa frase: “yo a tu edad…”.
POR BRYAN R.
El saldo siempre parece jugar en nuestra contra porque ellos ya tenían casa propia, mientras nosotros apenas logramos pagar el alquiler a fin de mes. Sentimos un fracaso constante, pero estamos midiendo nuestros logros con una regla económica que caducó hace exactamente cincuenta años.
La realidad demuestra que no enfrentamos una falta de capacidad, sino un sistema financiero que castiga severamente a las nuevas generaciones. Hace cinco décadas, de acuerdo con la OCDE, menos del 5% de la población tenía un título universitario y eso garantizaba estabilidad económica casi inmediata. Hoy, el 22% de las personas en México cuenta con uno.
Además, el mercado laboral se saturó y la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) muestra que casi el 58% de los jóvenes mexicanos sobrevive en la informalidad, sin seguridad social ni prestaciones.
El sueño de comprar una casa representa quizá el golpe de realidad más duro cuando revisamos los números fríos de la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF). En la década de los setenta, un trabajador promedio destinaba el equivalente a cinco o seis años de sueldo íntegro para adquirir una propiedad modesta. Actualmente, con un salario promedio que ronda los 9,000 pesos mensuales, es necesario endeudarse por más de 25 años para aspirar a un departamento de interés social a las afueras de la ciudad.
La inflación y el costo de vida devoraron rápidamente el poder adquisitivo del que disfrutaron nuestros abuelos. El Instituto Mexicano para la Competitividad documenta que el precio de la vivienda crece a un ritmo anual superior al 9.7%, mientras los salarios apenas se ajustan a la inflación. Nos exigen comprar el mundo al precio de 2026, pero pretenden pagarnos con el poder adquisitivo que sobró de 1976.
Por ello, necesitamos hacer las paces con nuestro propio camino y soltar de una vez por toda esa carga emocional que nadie nos pidió cargar; debemos entender que la falta de patrimonio a los treinta años no significa de ninguna manera un fracaso personal, sino la consecuencia lógica de habitar un mundo económicamente asfixiante. La vida actual no es una carrera de velocidad contra el pasado.
Redefinamos la palabra éxito desde nuestra propia trinchera, dándole un valor inmenso a la paz mental y a nuestra capacidad de resistir. Sigamos edificando con trabajo diario, sin mirar el reloj de los demás ni pedir disculpas por nuestro ritmo. Sostenernos de pie, pagar nuestras cuentas y seguir intentando en este entorno tan hostil ya es, por sí solo, un triunfo absoluto.

































































