Cerrar ciclos: Aquí y ahora

“Cerrar un ciclo no es el final de algo: es el inicio de una presencia más clara, más honesta y más libre. Es darse permiso para soltar lo que ya cumplió su función y abrirse, con autenticidad, a lo que está por venir. Y en ese gesto, tan sencillo y a la vez tan profundo, reside una de las formas más puras de autocuidado emocional…”

Por: Kathya Moreno

En psicoterapia hablamos constantemente del “aquí y ahora”, de la experiencia presente como la única plataforma real para el cambio. Sin embargo, para vivir plenamente en ese presente es necesario reconocer que cargamos procesos inconclusos: vínculos no resueltos, decisiones pospuestas, duelos abiertos, expectativas que se quedaron suspendidas. A eso, en un lenguaje cotidiano, le llamamos ciclos sin cerrar. Y aunque muchos intentan ignorarlos, estos vuelven a aparecer—como puertas entreabiertas que dejan pasar viento frío—hasta que decidimos enfrentarlos.

Cerrar un ciclo no es olvidar ni borrar lo vivido. Desde la gestaltse entiende como un proceso de dar sentido, integrar la experiencia, permitir que aquello que nos dolió o nos nutrió encuentre un lugar coherente dentro de nosotros. Es un acto profundamente humano: completar una figura para que el fondo deje de contaminar nuestra visión presente.

Pero cerrar ciclos no es sencillo. Requiere valentía emocional. Implica mirar de frente lo que evitamos por incomodidad, miedo o culpa. Los retos más comunes suelen aparecer en forma de resistencia: mantenernos ocupados para no sentir, racionalizar en exceso, o justificar lo que ya no tiene cabida en nuestra vida. También está el apego, esa tendencia natural a aferrarnos incluso a lo que nos duele, simplemente porque nos resulta familiar. En terapia lo veo constantemente: personas que saben que necesitan concluir una relación, renunciar a un trabajo o despedirse de una etapa, pero temen lo desconocido que viene después.

Sin embargo, cuando el ciclo se cierra de manera consciente, la transformación es innegable. Entre las ventajas emocionales y psicológicas, la más evidente es la liberación. La energía que antes se fugaba en sostener historias inconclusas se reintegra, se vuelve disponibilidad vital. Cerrar un ciclo también fortalece la autoestima: nos recuerda que somos capaces de tomar decisiones maduras, de honrar nuestra historia y avanzar sin negar lo vivido. Además, abre espacio para lo nuevo. Ningún proceso emergente puede asentarse en terreno saturado; necesitamos vaciar para recibir.

Cerrar ciclos, es un acto de responsabilidad personal. Es decir “esto ocurrió, así lo viví, esto aprendí y ahora elijo seguir”. No se trata de un ritual simbólico ni de un cierre abrupto, sino de un ejercicio de conciencia. Quien lo practica, descubre que la vida deja de sentirse pesada y empieza a sentirse disponible.

Porque al final, cerrar un ciclo no es el final de algo: es el inicio de una presencia más clara, más honesta y más libre. Es darse permiso para soltar lo que ya cumplió su función y abrirse, con autenticidad, a lo que está por venir. Y en ese gesto, tan sencillo y a la vez tan profundo, reside una de las formas más puras de autocuidado emocional.

Construyamos juntos una mejor versión de ti. @proyecto_be