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viernes, junio 12, 2026
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El dolor que no tiene nombre

 Hay experiencias humanas para las que el lenguaje parece insuficiente. Cuando una persona pierde a su pareja, existe una palabra que describe esa realidad: viuda o viudo. Cuando alguien pierde a sus padres, se convierte en huérfano. Sin embargo, cuando una madre o un padre experimentan la partida de un hijo, no existe una palabra capaz de nombrar aquello que sienten...

 Para Sara, una mamá extraordinaria.

Por: Kathya Moreno.

Hay experiencias humanas para las que el lenguaje parece insuficiente. Cuando una persona pierde a su pareja, existe una palabra que describe esa realidad: viuda o viudo. Cuando alguien pierde a sus padres, se convierte en huérfano. Sin embargo, cuando una madre o un padre experimentan la partida de un hijo, no existe una palabra capaz de nombrar aquello que sienten.

 

Desde la tanatología se entiende que el duelo no es solamente la respuesta ante una ausencia; es también el proceso de aprender a vivir de una manera distinta cuando alguien que amamos ya no está físicamente a nuestro lado. Es un camino que transforma, que desafía nuestras certezas y que nos invita a encontrar nuevas formas de relacionarnos con el amor que permanece.

 

La partida de un hijo confronta una de las creencias más arraigadas del ser humano: la idea de que los padres acompañarán a sus hijos durante gran parte de su vida. Cuando ocurre lo contrario, el corazón busca respuestas en un territorio donde pocas veces las encuentra. Surgen preguntas, silencios, recuerdos y una sensación difícil de explicar para quienes nunca han transitado por esa experiencia.

 

Pero si algo nos enseña la tanatología es que el vínculo de amor no desaparece. Se transforma.

 

Porque el amor no depende de la presencia física para existir. Habita en los recuerdos, en las anécdotas compartidas, en las fotografías que resguardan instantes irrepetibles y en las pequeñas cosas que siguen evocando una sonrisa en medio de las lágrimas.

 

Estas líneas las escribo pensando en Eli. Recordando una niña cuya existencia dejó una huella en quienes tuvieron el privilegio de conocerla. Pienso en la capacidad que tienen los niños para enseñarnos lo esencial: vivir con autenticidad, encontrar alegría en los detalles sencillos y recordarnos que el amor se expresa en los momentos más cotidianos.

 

Cuando una niña como Eli parte, no solo deja un espacio vacío. También deja una historia. Una historia tejida con abrazos, juegos, risas, aprendizajes y momentos que ahora forman parte de un patrimonio emocional que nadie podrá arrebatar a quienes la aman.

 

En ocasiones, la sociedad nos invita a buscar fortaleza inmediata, a encontrar explicaciones o a apresurarnos a seguir adelante. Sin embargo, el duelo tiene su propio ritmo. No se trata de olvidar ni de cerrar capítulos; se trata de aprender a integrar la presencia de quien amamos de una manera diferente.

 

Tal vez no existe una palabra para nombrar a una madre o un padre que atraviesan la partida de un hijo porque ninguna palabra sería capaz de abarcar la profundidad de ese vínculo ni la magnitud del amor que permanece.

 

Porque algunas personas, aunque parezcan partir demasiado pronto, dejan una luz que el tiempo nunca consigue apagar.

 

Vuela alto Eli.

 

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