“Las sociedades también sobreviven gracias a los «¿Y si sí?». ¿Y si esta comunidad logra organizarse? ¿Y si esta generación hace las cosas diferente? ¿Y si todavía podemos reconciliarnos? ¿Y si aún estamos a tiempo de cambiar?”
Hace tiempo que el futbol en México dejó de ser únicamente un deporte. Es un lenguaje compartido. Un espacio donde, por noventa minutos, millones de personas suspenden sus diferencias para creer en una misma posibilidad. Hoy, mientras la Selección avanza y las redes sociales se llenan de una frase aparentemente sencilla «¿Y si sí?» pareciera que no sólo estamos hablando del Mundial. Estamos hablando de nosotros.
Porque, siendo sinceros, nadie ignora las estadísticas. Sabemos que hay selecciones con más historia, con mejores plantillas y con mayores probabilidades de levantar la copa. Sin embargo, la frase no nace de la ingenuidad. Nace de algo mucho más humano: la esperanza.
«¿Y si sí?» es esa pequeña rendija por donde entra la luz cuando la lógica insiste en cerrar todas las ventanas.
Nadie sabe si ese negocio prosperará. Nadie puede prometer que una amistad durará para siempre. Ninguna pareja inicia con la seguridad absoluta de llegar hasta el final. Ningún padre sabe exactamente cómo crecerán sus hijos. Ningún terapeuta puede asegurar que una persona sanará en determinado tiempo. Y, aun así, todos avanzamos.
¿Por qué? Porque existe una fuerza silenciosa que nos mantiene en movimiento incluso cuando las probabilidades parecen estar en contra: la esperanza.
No es una esperanza ingenua que espera milagros sin hacer nada. Es una esperanza activa. Esa que estudia para un examen difícil aunque el panorama sea complicado. La que envía un currículum más después de varios rechazos. La que vuelve a enamorarse después de una ruptura. La que decide pedir perdón. La que inicia terapia. La que vuelve a confiar en la gente después de haber sido traicionada.
Curiosamente, la esperanza no elimina el miedo. Convive con él. Uno puede pensar que probablemente perderá… y aun así presentarse al partido. Puede imaginar que el proyecto fracase… y aun así comenzarlo. Puede sospechar que volverá a sufrir… y aun así elegir amar.
Las sociedades también sobreviven gracias a los «¿Y si sí?». ¿Y si esta comunidad logra organizarse? ¿Y si esta generación hace las cosas diferente? ¿Y si todavía podemos reconciliarnos? ¿Y si aún estamos a tiempo de cambiar? La historia de la humanidad está llena de personas que fueron consideradas improbables hasta que dejaron de serlo.
Quizá por eso conviene cuidar la esperanza. No como una ilusión vacía, sino como una disciplina cotidiana. Porque quien pierde la esperanza deja de intentar. Y quien deja de intentar ya renunció antes de que el partido comenzara.
Tal vez la mayor enseñanza de este fenómeno viral no sea futbolística. Sea recordarnos que muchas de las mejores cosas que nos han ocurrido comenzaron exactamente igual: con una posibilidad pequeña, casi ridícula, que alguien se atrevió a pronunciar en voz alta.
«¿Y si sí?»
A veces, esa pregunta cambia un marcador. Otras veces, cambia una vida.
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