…el dolor físico genera empatía; el dolor mental, incomodidad
Si llegas a un espacio con muletas, todo mundo te abre la puerta, acercan la silla y te preguntan cómo estás. Pero si llegas con el alma rota, una crisis de ansiedad o una depresión que te hace sentir que no puedes más; tienes que sonreír, convivir y fingir que todo está perfecto. La cruda realidad es que el dolor físico genera empatía; el dolor mental, incomodidad.
Cada vez es más frecuente enterarnos de que el amigo que siempre bromea lleva meses luchando contra la depresión. Lo que antes era un tabú de pasillo, hoy es una realidad abierta y conocida. Y aunque en el día a día hablamos más del tema, los números nos muestran que, en la práctica, estamos perdiendo la batalla.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) la ansiedad y la depresión aumentó en el mundo, un 25% en los últimos años. Y en México el panorama es desolador. Según la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) del INEGI, la mitad de la población adulta en nuestro país (50.7%) ha experimentado síntomas de ansiedad.
Pero lo verdaderamente preocupante es que en nuestro país -con datos de la UNAM y la Secretaría de Salud- una persona tarda, en promedio, hasta 14 años en recibir tratamiento psicológico desde que aparecen los primeros síntomas. ¡Catorce años!
Todavía vivimos en una sociedad que te manda a urgencias si te lastimas algo, pero te dice «échale ganas o todo va a estar bien» si te duele la vida.
El peligro de no pedir ayuda es que el cerebro humano es una máquina de adaptación asombrosa. Marian Rojas, una psiquiatra española asegura que cuando ignoramos la tristeza profunda, la mente modifica sus comportamientos. Por eso es tan normal dormir tres horas, vivir con taquicardia y ponernos la «máscara del funcional»: trabajar, pagar cuentas y sonreír, mientras por dentro estamos en modo de supervivencia.
Normalizar el nudo en el estómago cuesta vidas. Los números del INEGI revelan que en México hay 8,000 suicidios al año, convirtiéndose en la segunda causa de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. Ante este escenario, pedirle a alguien que «aguante vara» es una falta de empatía brutal.
Por eso, necesitamos dejar de romantizar el sufrimiento silencioso. La solución no es una utopía libre de estrés, sino un rediseño de nuestra empatía social que abarque desde las políticas públicas hasta las acciones de todos los días:
Desde un aspecto gubernamental es importante que la atención psicológica deje de ser un privilegio y se convierta en un derecho universal, accesible en clínicas y escuelas públicas.
Desde lo personal es importante que si apartamos 500 pesos al mes para plataformas de streaming o para la salida del fin de semana, también lo hagamos para incluir la terapia psicológica en la canasta básica del presupuesto familiar.
Y como sociedad, debemos transitar del automático «¿cómo estás?» al genuino «¿cómo te sientes hoy, de verdad?». Y sobre todo, tener la valentía humana de escuchar la respuesta sin interrumpir para dar consejos no solicitados.
A veces, las personas no necesitan que les resuelvan la vida; solo necesitan un lugar seguro para desmoronarse un ratito. Escuchar sin juzgar, sana vidas.
-CAPG-
































































