La colorimetría tiene un propósito estratégico y psicológico dentro de la comunicación visual.
Por: Larissa Osorio.
Los colores generan emociones, transmiten identidad, influyen en la percepción y, cuando se aplican correctamente, ayudan a construir espacios funcionales y seguros. Por eso la imagen ambiental y urbana no debería responder a caprichos personales ni a obsesiones partidistas.
Sin embargo, en los últimos años México ha vivido un fenómeno peculiar: la institucionalización del color guinda.
Puentes, bardas, edificios públicos, uniformes, mobiliario urbano y hasta camiones oficiales han sido teñidos con los colores de Morena bajo la lógica de “marcar territorio”. El problema es que muchos gobiernos olvidaron que la imagen pública no solo debe verse bien en propaganda; también debe funcionar en la vida cotidiana.
Un ejemplo claro ocurre con trabajadores de servicios públicos que realizan labores nocturnas durante lluvias o desazolves. El guinda, aunque fuerte en branding político, tiene poca visibilidad en condiciones de baja iluminación. Resultado: cuadrillas prácticamente invisibles para los automovilistas y trabajadores exponiendo su vida por una mala decisión cromática.
LA IMAGEN URBANA NO PUEDE CONSTRUIRSE PENSANDO ÚNICAMENTE EN LA IDENTIDAD PARTIDISTA. TAMBIÉN DEBE CONSIDERAR SEGURIDAD, FUNCIONALIDAD, ACCESIBILIDAD Y MOVILIDAD.
El caso más reciente ocurre en la Ciudad de México con la administración de Clara Brugada y la decisión de pintar puentes peatonales y mobiliario urbano de morado rumbo al Mundial. Una estrategia que ha provocado críticas por la baja visibilidad nocturna y el riesgo para peatones.
Adultos mayores, personas con discapacidad visual y peatones en general enfrentan mayores riesgos de caídas y accidentes debido a la falta de contraste visual en algunos espacios.
Aquí la pregunta es: ¿era realmente prioridad pintar la ciudad de morado?
Porque mientras aparecen ajolotes gigantes y puentes cromáticamente “instagrameables”, persisten problemas mucho más urgentes: baches, drenaje colapsado, inseguridad, señalética deficiente y vialidades deterioradas.
La política moderna ha confundido gobierno con escenografía.
Las grandes ciudades del mundo cuentan con manuales integrales de imagen urbana precisamente para evitar que cada administración convierta el espacio público en extensión estética de su proyecto político. Los colores en infraestructura no son decorativos: cumplen funciones de orientación, advertencia y seguridad.
Pero aquí parece imponerse otra lógica: la del gobernante que actúa como si la ciudad fuera propiedad personal.
Cuando el marketing político invade el espacio urbano sin planeación técnica, el resultado puede ser más peligroso que estético.
Porque una ciudad no debe diseñarse para el ego de quien gobierna, sino para quienes la habitan todos los días.
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CIPO. Larissa Osorio
































































