YA nos terminamos el pastel y las flores comienzan a marchitarse. Pasó la efervescencia del 10 de mayo y, cuando se apaga la música de los festivales, la cotidianidad nos da un duro golpe de realidad.
Por: Bryan R.
Entonces toca mirar de frente los números: en México, ser mamá es un deporte extremo que romantiza el agotamiento y, peor aún, una condena que seguimos imponiendo a niñas y adolescentes.
Nos encanta llenarnos la boca diciendo con orgullo que “las mamás nunca descansan”, como si eso fuera una virtud y no una falla estructural de nuestra sociedad. Detrás de la etiqueta de “heroínas” se esconde una realidad mucho menos romántica: la doble jornada laboral.
Creemos que ser mamá es puro amor incondicional, cuando en realidad también es un trabajo de tiempo completo que no paga aguinaldo, no tiene vacaciones y jamás termina.
De acuerdo con el INEGI, el trabajo que las mujeres realizan gratuitamente en casa —limpiar, cocinar, cuidar y educar— equivale a más del 24 por ciento del Producto Interno Bruto nacional. Además, mientras un hombre dedica en promedio 15 horas semanales a labores domésticas, una mujer invierte casi 40.
Pero si esta carga ya quiebra la espalda y la salud mental de una mujer adulta, lo que estamos haciendo con las nuevas generaciones resulta todavía más grave.
AL MISMO tiempo que festejamos la maternidad, cerramos los ojos frente a un problema nacional: según la OCDE, México ocupa el primer lugar en embarazos adolescentes. A ello se suma la advertencia del Consejo Nacional de Población (CONAPO): la edad del primer embarazo continúa disminuyendo, registrándose nacimientos en niñas de entre 10 y 14 años.
Por eso resulta inverosímil pensar que a una niña de 12 años que cambia la mochila por una pañalera se le deba felicitar el Día de las Madres. Al contrario: como sociedad deberíamos pedirle perdón.
Este escenario no es un accidente ni una “bendición adelantada”; es un reflejo directo de nuestras fallas sociales, educativas y culturales.
El verdadero homenaje a la maternidad no puede durar solo 24 horas ni resumirse en flores, festivales o serenatas. Debe construirse todos los días.
Ser madre tendría que ser una decisión libre, informada y plenamente voluntaria; no un destino impuesto por ignorancia, desigualdad o abandono institucional.
Porque quizá el mejor regalo para una madre no sea una lavadora para facilitarle el trabajo ni el mariachi que tanto le gusta, sino construir un país donde la maternidad sea reconocida, valorada económicamente, compartida y, sobre todo, voluntaria.































































